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El suicidio por horror al fracaso

Mario Conde - Escrito el 27 de enero de 2009

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En un diario nacional se publica hoy un reportaje que merece una consideración. Su título es “directivos y empresarios al borde del colapso”. Así formulado es poco original dado que, desgraciadamente, la dificultad, creciente y casi asfixiante, es compañera diaria, y va a seguir siéndolo un tiempo, de quiénes ejercemos actividad empresarial. Y, además, se proyecta sobre quiénes trabajan por cuenta ajena generando inestabilidad en el empleo, temor a perderlo o la angustia de haberlo perdido. Todo ello configura un clima social inaceptable moralmente, muy difícil de gestionar políticamente y del que, seguramente, se derivarán cambios de importancia en el modo de pensar y, espero, en el modo de comportamiento correspondiente.

Lo que me interesa ahora es el subtítulo del reportaje: “Varios ejecutivos se han suicidado, incapaces de afrontar el viaje del éxito al fracaso”. Y es que este es un punto capital. Parece como si entre los no-valores en los que, al menos en apariencia, se hubiera educado a la gente, la incapacidad de asumir el fracaso forma parte destacada del elenco educativo. Escribe el reportaje: “Y la decena larga de suicidios de los últimos dos meses de inversores arruinados, millonarios caídos, empresarios que ven cómo se desvanece el proyecto de toda una vida, son ejemplo extremo de las dificultades de personas acostumbradas al éxito para encarar un fracaso que desdibuja su prestigiosa imagen social.”

Christen Schnor, casado y con dos hijos, se ahorcó a los 49 años en la habitación de un lujoso hotel de Londres. Thierry de la Villehuchets , gestor de fondos irlandés, se cortó las venas. Patrick Roca, inversor inmobiliario cuya fortuna se estimaba en 500 millones. se pegó un tiro en el jardín de su casa. Adolf Merckle, quinto hombre más rico de Alemania, su suicidó. El millonario Scott Coles recurrió a los fármacos para acabar con todo al ver que su firma, Mortgages Incorporated, caía en bancarrota. Ayer mismo, se pegó un tiro un pequeño empresario de L’Escala (Girona), Genís Marcó, cuyo negocio principal es el karting y cuya familia impulsó la carrera incipiente al piloto Fernando Alonso. La lista es mas larga. Algunos hablan de “epidemia de suicidios”.

Es muy posible que los efectos mas nocivos de la crisis que vivimos todavía no se hayan manifestado con total rudeza. Es probable que nos queden por vivir tiempo peores. Si esta ola de suicidios se presenta con una lista cuantitativa y cualitativa como la que acabo de sintetizar, ¿qué puede acabar sucediendo a medida que el temporal arrecie?.

«Pasar del máximo esplendor a no atreverse a mirar a la cara de los demás es complicado. Hace falta una estructura de personalidad muy fuerte para asumir cambios brutales y rápidos que convierten a personas habituadas al triunfo en víctimas de lo que sienten como vergüenza pública», apunta Miquel Roca, secretario de la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental. Roca dice que los empresarios «suelen vivir las situaciones de crisis muy mal, sobre todo si tienen algún antecedente patológico».

Fijaros en la frase. “pasar del máximo esplendor a no atreverse a mirar a la cara a los demás…”

Educados par el éxito. Incapaces de asumir el fracaso. Ese parece ser el biotipo de muchos de los empresarios actuales, en España, Europa y el mundo en general, si hacemos caso al contenido de reportaje. La vida humana… No puedo entender que alguien se quite la vida a raíz de un fracaso económico o social. Me cuesta escribir sobre esto. Cuando hemos sentido el brutal zarpazo de la desaparición de una vida con todos los merecimientos para seguir viendo, cuando hemos tenido que deglutir lo indeglutible, soportar lo insoportable, asomarnos a este precipicio emocional de sujetos que han dispuesto de bienes en cantidades ingentes y que son incapaces de reconocerse a sí mismos ante un fracaso y que pagan por esa incapacidad el precio de sus vidas, me resulta lacerante.

Exito y fracaso son las dos caras de la misma moneda. Nadie que se sienta realmente empresario puede pensar en exclusiva en términos de éxito. Ni siquiera es racional ni técnicamente asumible. La hipótesis del fracaso debe ser tomada en consideración en todo análisis empresarial. Indefectiblemente. Pero lamentablemente no sucede siempre así ¿Por qué? Porque la avaricia nubla la mente, aparta las consideraciones de la prudencia, aleja la valoración de los riesgos. El individuo se representa mentalmente a sí mismo en la acumulación adicional, en la continuidad del proceso acumulativo y en el éxito formal social que conlleva. Avaricia y aplauso social….Es una especie de paranoia. Pero es. Y abunda mucho, lamentablemente.

En muchas ocasiones yo decía que “yo no soy mis cosas”. Así se lo explicaba Lourdes, a mis hijos, a las personas de mi confianza. Si solo soy -decía- Presidente de Banesto, algún día en que deje de ocupar el cargo dejaré de ser yo. Las cosas, y los cargos de todo tipo son cosas, no somos nosotros. Quienes se identifican con sus cosas perecerán con ellas Y como la norma de la existencia es la transitoriedad, quienes se identifican con sus cosas dotan a sus existencias de una supina volatilidad.

¿Apego? Sin, esa es la palabra seguramente. El apego como generador de la verdadera esclavitud, de la auténtica pérdida de libertad. En nuestro país, y a la vista está que en muchos otros, la gente es Presidente de…Dueño de…. Coleccionista de…Se definen por sus cosas, no por su dimensión auténtica. Y sus cosas les proporcionan la legitimidad social que reclaman para ser ellos, para seguir viviendo. Viven-en-otro, sea ese otro un sujeto (cosificado), una cosa (propiedades) o un cargo (político, económico, social..) Se enajenan en estas cosas y cuando la vida misma se las arrebata, con ella mueren. Perdida la razón de vivir, su razón de vivir, tiene sentido, su sentido, perder la vida…

Por eso se entiende en este plano el suicidio. Que conste que no lo asimilo en ningún plano. Si digo esto es solo para explicarlo en el orden de causa/efecto, nada más. Me parece difícil encontrar los adjetivos para calificar estas conductas. Prefiero dejarlo en una sentida lástima por ellos.

Pero esta experiencia enfrenta a la brutalidad de cuanto decimos en este blog. La crisis, con independencia de sus orígenes financieros, sus proyecciones sobre la economía real y sus destrozos en la estabilidad económica, familiar y social de millones de personas, es una crisis de valores. Y ante la ausencia de verdaderos valores algunos prefieren arrebatarse la vida.

Yo pasé del esplendor de Banesto a la cutrez de la prisión. Y no una, sino tres veces. Y a cada vez mas madera. Mayor condena por lo mismo. En mi despacho de Banesto y en mi celda de Alcalá Meco siempre se encontró la misma persona. Unas veces con unas cosas, otras con otras diferentes. Y aquí sigo. Y mi familia y mis amigos conmigo, con la imborrable ausencia de Lourdes. Con nuestros valores reforzados. Con la experiencia del sufrimiento.

Por eso algunos dicen que nadie que no haya vivido la fuerza purificadora del sufrimiento debería ejercer alguna de forma de poder

Me eduqué a mí mismo en ser cualquier cosa menos mis cosas. Entendí que sólo quien no cede en los valores esenciales resiste el temporal. En una ocasión, frente a la costa de Menorca y con apenas 35 nudos de viento, vi llorar a quién se suponía marinero curtido, y tuve que sujetarle para que no se arrojara por la borda. Soplaba sólo fuerza 7. Si llega a soplar 9 0 10…Y estos vientos soplan en la vida. Y hay que estar allí para resistirlos cuando llegan.

La dignidad es la valoración de nosotros mismos. No es un atributo que admita mediopensionismos. Es la única guía serena y cierta. No somos nuestras cosas, ni nuestras cargos. Somos personas. Claro que hay que demostrarlo y no sólo ni preferentemente en la abundancia, sino también y sobre todo en la escasez, no solo en la gloria, sino en la desgracia, no solo en la altura sino en el sótano. Por eso digo, e insisto, que no somos nuestras palabras, ni nuestros actos. Somos nuestra conducta, y nuestra conducta es el reflejo de la fortaleza y sinceridad de nuestro esqueleto de valores.

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