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No duele el hecho, nos dolemos en él.

Mario Conde - Escrito el 29 de enero de 2009

223PICMUJER

Lo siento. Gripazo.

Mi intención hoy era escribir con cierta extensión del sufrimiento. Antes de ayer, hablamos de hombres que gozaban de bienes en cantidades ingentes y que decidieron quitarse la vida al perderlos. No soportaron “el sufrimiento”. Ayer, un hombre carente de manos interpretó la guitarra de un modo que resultaba profundamente conmovedor contemplarlo. Venció al sufrimiento, porque se supone que sufrió cuando se percató de la tremenda limitación que implicaba su lesión. Algunos hombres poderosos no resistieron ser enviados a prisión y en ella murieron, o a consecuencia de ella enfermaron y se encontraron con la muerte. Temieron. La muerte vino a causa de su temor. A otros, a lo largo de la historia, la privación de libertad les condujo al crecimiento interior. Todos ellos sufrieron. Todos ellos sintieron el dolor. Algunos lo entendieron. Otros no. El miedo al dolor….

Quería escribir sobre el dolor a propósito de una conversación que aparece en libro “Tradición y Revolución”, referido a Krishnamurti y su particular modo de enfocar el asunto. El hindú se pregunta “¿Por qué jamás el hombre ha comprendido el dolor? ¿Por qué no lo ha investigado profundamente sin el movimiento dualístico?” Es fácil: el dolor es el movimiento de escapar.

Esta frase es cruda: el dolor es el movimiento de escapar. Pero, ¿escapar de qué o de quien?. El dolor surge, en la versión de Krishnamurti, cuando me alejo del hecho y digo esto es agradable o desagradable. Digamos que es entonces una consecuencia de un juicio valorativo que proyectamos sobre el hecho neutro. «Me alejo del hecho….” Lo explica de modo brutal: “Muere mi hijo. Este es un hecho irrevocable. Absoluto. ¿Por qué hay dolor?”. Su interlocutor responde. “Por que yo lo amaba”.

Esta pregunta resulta especialmente desgarradora para quienes hemos sentido el dolor de que nos arrancaran una vida. Y digo que nos arrancaran una vida porque cuando desaparece un ser querido, cuando la vida misma se inmola en el proceso de continuidad que implica la muerte, sentimos que una parte de nosotros se arranca, desaparece con la vida que se va. Nunca seremos el/la misma. Viviremos, pero el trozo de vida , el pedazo de nuestra vida que se fue con la vida que cambión de plano, genera una nueva morfología interior. Entonces, si como dice Krisnamurti, el hecho es absoluto, irrevocable, ¿por qué hay dolor cuando alguien querido muere?

-Mire lo que ha sucedido inconscientemente- responde Krishnamurti-. Yo lo amaba. El se ha ido. El dolor es el resultado de mi amor por él. Y él ya no está mas. Pero el hecho absoluto es que él se ha ido. Permanezca con el hecho. Solo hay dolor cuando surge el pensador y dice: “mi hijo ya no está mas. El era mi compañero”, y así sucesivamente.

Claro. Me parece claro lo que dice. El hecho en si, en su absolutidad -si se me permite- no puede doler porque el hecho es esencialmente neutro. El dolor deriva de las proyecciones mentales que nosotros, quienes lo sentimos, proyectamos sobre el hecho. Nos dolemos ante la muerte del ser querido. No nos duele la muerte. Nos dolemos nosotros en las consecuencias de la muerte proyectadas por nuestro pensamiento.

Proyectamos sobre ella el pasado, para dolernos de que ya no volverá. Repetimos la ceremonia sobre el futuro, para dolernos de que ese futuro, que asumimos necesariamente habría sido, no podrá acontecer como una prolongación del pasado porque el/ella ya no está. Nuestras proyecciones mentales generan el dolor. No es el dolor por-el-otro; es nuestro dolor, nos dolemos nosotros por estar sin-el-otro; nos dolemos nosotros-mismos

Y en este proceso es capital la noción de soledad. Nos duele la muerte de nuestro ser querido porque nos deja solos. Repito porque-nos-deja-solos…Nos dolemos, es claro. El dolor de la desaparición es el miedo a la soledad. El miedo, el rechazo, lo que se quiera, por el hecho es que a una muerte (hecho absoluto) se le añade una proyección de soledad (pensamiento) que genera una emoción negativa (dolor)

Es así como el dolor se encaja plenamente en el proceso pensamiento-pensador. “La soledad, la falta de compañía, la desesperación, son todas el resultado del pensamiento que crea la dualidad”.

El hecho absoluto es que ella ha muerto. El pensamiento se pone en marcha. El pasado regresa para dolernos, no en sí, en su recuerdo, que es placentero por definición, sino en su futura ausencia, por no resultar posible la continuación. Es así como traemos mentalmente el futuro al presente en forma de proyección para seguir sufriendo al crear mentalmente lo que llamaos un futuro vacío. Y el presente se convierte en el instante de soledad, y sobre la soledad, proyectamos el miedo, el temor…

No duele el hecho. Duele el pensador en el proceso dualístico del pensamiento.
Humano, demasiado humano. Es cierto cuanto dice. Pero son demasiados siglos manejándonos con este proceso dualistico para comprender la esencia del dolor.

Confieso que aquella madrugada, en el alba mediterránea, cuando las primeras luces dibujaron envueltos todavía en penumbra los perfiles de Cap Formentor, entendí -por decir algo- el proceso. Visualicé la neutralidad del hecho y la naturaleza mental dualistica de lo que se llama dolor. Esa percepción me puso en pie de forma distinta. El hombre que permanece con lo que es, con el hecho, vive de modo diferente. La comprensión del funcionamiento del dolor permite la reaparición de la felicidad. No solo eso: la autenticidad del dolor surge cuando dejamos de dolernos nosotros en el que cambió de plano

Desde entonces empecé a darme cuenta de algo sobre lo que escribiremos otro día: la gran cantidad de gente a quien gusta consumir dolor enlatado, dolor de confección mental casera, dolor para legitimarse a sí mismos, personas adictas a ese dolor de base ficticia para ocupar con él un puesto en el seno de su comunidad. Hablaremos de ello porque merece la pena.

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